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b - Un cuento zen

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Salinger (Visitante)
13-03-2024 21:57 (UTC)[citar]
El duque Mu de Chin dijo a Po Lo:


"Ya estás cargado de años. ¿Hay algún miembro de tu familia a quien pueda encomendarle que me busque caballos?"


Po Lo respondió:


"Un buen caballo puede ser elegido por su estructura general y su apariencia. Pero el mejor caballo, el que no levanta polvo ni deja huellas, es en cierto modo evanescente y fugaz, esquivo como el aire sutil. El talento de mis hijos es de nivel inferior; cuando ven caballos pueden señalar a uno bueno, pero no al mejor. No obstante, tengo un amigo, un tal Chiu-fang Kao, vendedor de vegetales y combustible, que en cosas de caballos no es en modo alguno inferior a mí. Te ruego que lo veas".


El duque Mu así lo hizo y después lo envió en busca de un corcel. Tres meses más tarde volvió con la noticia de que había encontrado uno.


"Ahora está en Sach'iu", añadió.


"¿Qué clase de caballo es?", preguntó el duque.


"Oh, es una yegua baya", fue la respuesta. ¡Pero alguien fue a buscarlo, y el animal resultó ser un padrillo renegrido! Muy disgustado, el duque mandó a buscar a Po Lo.


"Ese amigo tuyo -dijo- a quien le encargué que me buscara un caballo, se ha hecho un buen lío. ¡Ni siquiera sabe distinguir el color o el sexo de un animal! ¿Qué diablos puede saber de caballos?"


Po Lo lanzó un profundo suspiro de satisfacción.


"¿Ha llegado realmente tan lejos? -exclamó-. Ah, entonces vale diez mil veces más que yo. No hay comparación entre nosotros. Lo que Kao tiene en cuenta es el mecanismo espiritual. Se asegura de lo esencial y olvida los detalles triviales; atento a las cualidades interiores, pierde de vista las exteriores. Ve lo que quiere ver y no lo que no quiere ver. Mira las cosas que debe mirar y descuida las que no es necesario mirar. Kao es un juez tan perspicaz en materia de caballos, que puede juzgar de algo más que de caballos."


Cuando el caballo llegó, resultó ser un animal superior.
Kung-Lao (Visitante)
24-10-2025 14:14 (UTC)[citar]
Un discípulo llevaba muchos años de sincera búsqueda espiritual, pero a pesar de todos sus esfuerzos no lograba dar el paso definitivo hacia la iluminación. Un día dijo a su maestro:

—Maestro, estoy desesperanzado, daría hasta mi mano derecha por obtener la anhelada paz interior después de tanto tiempo de trabajo. Me siento estancado y veo que el desánimo me invade.

El maestro tomó una decisión drástica. De repente preguntó:

—¿Dónde está el sol?

El discípulo señaló al sol con el dedo índice de su mano derecha diciendo:

—Allí.

En ese instante, el maestro sacó su espada y de un certero tajo cortó el dedo del discípulo.
Dio una orden atronadora:

—¿Dónde está el sol? ¡Señálalo!

El discípulo, a pesar del dolor, obedeció e intentó señalar el sol de nuevo con su dedo índice, pero encontró que éste ya no estaba, sólo quedaba el vacío. En ese instante alcanzó la iluminación. Había comprendido al fin.

Sonriente, el maestro dijo:
—Has hecho un buen negocio, estabas dispuesto a perder una mano y ha bastado con un dedo.

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